Tras nuestra alimentación se enconden los PFAS, microplásticos y la incómoda verdad sobre la seguridad alimentaria
Durante décadas nos han repetido que la Unión Europea tiene “los alimentos más seguros del mundo”. Y, en parte, es cierto: los controles son estrictos, la trazabilidad es ejemplar y la legislación es más avanzada que en la mayoría de regiones del planeta. Pero esa afirmación tiene un matiz que rara vez se menciona: seguro no significa libre de tóxicos. Y mucho menos significa que el sistema priorice la salud pública por encima de la comodidad, el precio o los intereses industriales.
Hoy convivimos con sustancias que jamás deberían haber
llegado a nuestra mesa: PFAS, microplásticos, pesticidas, metales pesados,
dioxinas, acrilamida, bisfenoles, ftalatos. No son accidentes. Son el
resultado de un modelo que innova rápido, regula lento y corrige tarde.
1. PFAS: los “químicos eternos” que
nunca debimos permitir
Los PFAS son el ejemplo perfecto de cómo funciona la
industria moderna: un material “milagroso” que resuelve problemas técnicos… a
costa de crear un problema sanitario global.
Repelen agua y grasa, resisten el calor, duran décadas
sin degradarse. Y precisamente por eso se acumulan en el agua, el suelo, los
animales y en nosotros.
En la UE aparecen especialmente en mariscos
filtradores, peces grandes, arroz, verduras de hoja, huevos y leche y comida calentada
en envases anti‑grasa
Los estudios ya los relacionan con alteraciones hormonales, inmunológicas y ciertos tipos de cáncer. Y aun así, siguen usándose porque funcionan, son baratos y no existe un sustituto universal. La salud pública, una vez más, queda relegada a un segundo plano.
2. Microplásticos: el precio oculto
de un material “perfecto”
El plástico es otro ejemplo. Barato, ligero, versátil
y prácticamente indestructible. Ese es el problema.
Cada envase, cada bolsa, cada bandeja, cada botella
acaba fragmentándose en partículas microscópicas que ya están en el agua
potable, el pescado y marisco, la sal, las frutas y verduras, la carne y la
leche.
Los microplásticos no solo viajan por el ambiente: viajan
por nuestro cuerpo. Y aunque la ciencia aún investiga sus efectos a largo
plazo, ya sabemos que provocan inflamación, estrés oxidativo y pueden
transportar otros tóxicos adheridos.
¿Por qué seguimos rodeados de plástico? Porque es
el material que sostiene la economía moderna. Porque sustituirlo es caro.
Porque la industria depende de él. Porque el consumidor exige comodidad. Y
porque la regulación, una vez más, llega tarde.
3. Otros tóxicos que siguen
presentes en la alimentación europea
Aunque PFAS y microplásticos acaparan titulares, no
son los únicos contaminantes relevantes.
Existen metales
pesados como el mercurio (en peces grandes), el cadmio (en mariscos, arroz,
cacao) y el plomo (en verduras con suelos contaminados), pesticidas (en fresas, uvas, manzanas y cítricos), acrilamida (en productos ricos en
almidón que se han frito o tostado), PCBs
y dioxinas (en animales grasos) y micotoxinas
(frutos secos, especias, café y cereales)
4. La pregunta incómoda: ¿por qué se
permite todo esto?
Porque el sistema está diseñado para priorizar la
utilidad, el coste y la eficiencia, no la salud pública.
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La innovación se evalúa antes que la toxicidad
Cuando aparece un nuevo material, la pregunta nunca es
“¿es seguro?”, sino:
- ¿funciona?,
¿es barato?, ¿es escalable?
La toxicidad se investiga después, cuando ya está
extendido, al contrario que se realiza, por ejemplo, cuando se saca al mercado un
nuevo fármaco. Por tanto, aquí nos encontramos con un vacío legal que con voluntad
política, podría regularse, para tener que realizarse estudios previos de salud
pública antes de utilizarse un nuevo componente que pueda entrar en la cadena
alimentaria.
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La regulación siempre va por detrás
PFAS, BPA, ftalatos, pesticidas… Todos se regularon después
de décadas de uso.
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La industria presiona
Cambiar materiales implica costes millonarios. Y las
empresas no están dispuestas a asumirlos si no es obligatorio. Cuando existían
otros materiales menos perjudiciales el cambio se produjo rápido, debido fundamentalmente
a que el coste de producción era inferior. Lo que nos muestra una vez más, que
los aspectos económicos priman a la hora de motivar cambios.
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El consumidor exige comodidad
Envases ligeros, comida preparada, precios bajos. Todo
eso se consigue con plástico y químicos. Aunque esta es una afirmación rápida,
ya que detrás hay mucho de qué hablar… lo
dejamos para el final.
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La contaminación es histórica
Aunque hoy prohibiéramos todo, los PFAS y
microplásticos seguirían aquí durante generaciones.
5. Cómo reducir la exposición sin
caer en el alarmismo
No podemos vivir en una burbuja, por lo que es casi
imposible no consumir tóxicos, pero sí podemos reducir la carga tóxica
de forma realista.
PFAS
- Reducir
el consumo de peces grandes depredadores
- No
calentar comida en envases anti‑grasa
- Usar
filtros de agua y sistema de osmosis
- Sustituir
sartenes antiadherentes por cerámica o acero
Microplásticos
- No
calentar comida en plástico
- Priorizar
vidrio, cerámica y silicona de platino
- Reducir
mariscos filtradores
- Evitar
agua embotellada en envases de plástico como consumo habitual
Pesticidas
- Priorizar
frutas europeas
- Lavar y
frotar bien
- Pelar
cuando sea posible
- Comprar
ecológico en frutas de alto riesgo
Metales pesados
- Evitar peces
grandes
- Alternar
especies
- Priorizar
pescado blanco y trucha/salmón de acuicultura
Acrilamida y HAPs
- No
quemar alimentos
- Cocinar
a temperaturas moderadas
- Evitar
barbacoas agresivas
Conclusión: la salud pública no
puede seguir siendo un daño colateral
La alimentación europea es segura, sí. Pero no es
inocua. Y no lo será mientras sigamos aceptando que:
- la
innovación se prioriza sobre la precaución
- la
industria marca el ritmo de la regulación
- el
consumidor exige comodidad sin asumir su coste ambiental
- los
tóxicos se descubren cuando ya están en todas partes
Hasta entonces, la responsabilidad individual es
nuestra mejor defensa. Y la información, nuestra mejor herramienta.
Hemos acabado concluyendo que la
responsabilidad individual es nuestra mejor defensa al igual que la información
nuestra mejor herramienta, ¿por qué decimos esto?
Cómo
siempre el modelo socio-económico en el que vivimos no nos pone fácil las
cosas, de hecho es muy cabrón, pues cuando aparece un nuevo producto sólo nos
hablan de sus puntos fuertes, pero en ningún caso nos informan de los riesgos
que los mismos nos pueden ocasionar, y en especial, para la salud. La
publicidad sólo muestra la faceta que les permite aumentar las ventas o los
márgenes comerciales. Por tanto, cuando decimos que la información en nuestra
mejor herramienta, lo decimos, ya que teniendo información no sólo de los pros,
sino también de los contra, podemos realizar un análisis crítico, modificando
nuestra forma de pensar o actuar si lo consideramos oportuno. No dejaremos de
calentar la comida en los envases de comida preparada, sino sabemos que eso es
perjudicial, y así con el resto de cosas.
Pero
la información de “contras” las empresas no nos las facilita y cuesta llegar
hasta nosotros, por lo que hay que hacer una búsqueda proactiva, y eso aunque
actualmente es relativamente fácil, nos cuesta mucho, ya que nos hemos
acostumbrado a ser receptores de información, pero la que el algoritmo nos
muestra.
Por
otro lado, me da mucha rabia concluir algo diciendo que nuestra responsabilidad
es nuestra mejor defensa, pero es así. Me da rabia, ya que al final el sistema
permite realizar las cosas mal, y siempre se acaba trasladando la
responsabilidad al usuario final, cuando el sistema debería protegernos.
Hablábamos de que el consumidor exige
comodidad, aunque decía que esa es una afirmación rápida, ¿Por qué?
Por
supuesto que el consumidor exige comodidad, que las cosas sean baratas, … pero
ello es debido a la situación en la que vive. La gente quiere comodidad muchas
veces para ganar tiempo, debido a que llega cansada de trabajar, prioriza otras
actividades, no tiene tiempo de cocinar o destinar tiempo para realizar una
compra consciente, … y al final acaba comprando comida preparada o precocinada
que se cocina en pocos minutos; o comprando de camino a casa, y por tanto, ya
le va bien que los envases no pesen demasiado, …
Pero
al final no es comodidad, es a lo que la industria alimentaria nos ha educado,
o mal educado. La gente no tenía ningún problema cuando los zumos, la leche o
el aceite, por poner algún ejemplo, se
vendía en envases de cristal. Ni cuando la carne se vendía en las carnicerías o
en la sección de carnicería de un centro comercial sin que estuviera en envases
de plástico, igual que la fruta o el pescado. Y ha llegado un momento en que no
es que sea más cómodo consumir el zumo en un envase plástico, es que ya no lo
encuentras fácilmente en un envase de cristal, es que aun queriendo no consumir
plásticos, o envases antiadherentes, … es muy dificultoso. Por tanto, al final muchas
veces la comodidad no es más que la incomodidad de encontrar otra alternativa
(si entre dos opciones, te facilitan encontrar una, esa será más cómoda que la
otra).
Hay un tridente de salud que
últimamente se está poniendo mucho en valor. Primero se habló de la dieta mediterránea,
como una de las mejores dietas para mantener nuestra salud. Cuando los trabajos
comenzaron a ser más sedentarios, se habló del ejercicio físico, como la
combinación perfecta. Y últimamente, la cada vez más estresante vida, nos está
llegando a hablar de que mantener las horas de sueño necesarias, es también un
eje primordial. De estos tres ejes, hay mucho negocio detrás, sobre todo en los
dos primeros, ¿pero se está orientando bien?
Cada
vez podemos ver más gente que prioriza el ejercicio físico, y le destina
tiempo. La sociedad está focalizada, todo el mundo lo recomienda, y mientras no
se convierta en una obsesión, podemos decir que es positivo. Pero sin embargo,
desde el punto de vista de la alimentación, hay una gran nebulosa que trata de
confundirnos. Mientras nadie cuestiona la dieta mediterránea, los lineales no
apuntan a alimentos frescos, de temporada y proximidad, sino que apuntan a
alimentos procesados y ultraprocesados, envases de plásticos y antiadherentes
para calentar y servir, con palabras o frases engañosas (healthy, sin azúcar,
0% calorías, …). Han proliferado gran cantidad de comercios de comida rápida (hamburgueserías,
kebabs, pizzerías, bares de tapas, …) y cada vez resulta más complicado
disfrutar de una comida casera con productos de calidad y a un precio
razonable. La alimentación se ha convertido en un gran negocio dirigido al gran
consumidor, cuya segmentación hace que las clases más desfavorecidas
económicamente, y las personas jóvenes con menos recursos, acaben siendo el
público objetivo fundamental de la comida basura, y que por tanto, cada vez se alejen más de la dieta mediterránea.
Consumir productos de proximidad y
temporada es una opción prioritaria, pero también depende de dónde residas.
Pese
a todo lo comentado anteriormente, podríamos decir, que los productos
producidos en la Unión Europea siguen unos controles de los más estrictos a
nivel mundial, donde se regulan los pesticidas utilizados y las cantidades,
entre otros aspectos. Por tanto, si te encuentras dentro de la Unión Europea y
consumes productos de la UE, ya tienes mucho ganado. Por tanto, si resides
fuera de la UE y consumes productos de proximidad de tu región, pese a ser de
proximidad y temporada, no tendrás todas las garantías, pues probablemente no
existirá una legislación tan exhaustiva de control. Aunque si hay la
posibilidad, cada vez más extendida, de consumir productos ecológicos, aunque
asumiendo un mayor coste de compra.
Consumir
productos de temporada de tu región es importante, ya que eso evita largos
desplazamientos del productor al consumidor, por lo que evitaremos los
productos utilizados para su mantenimiento cuando existe un tiempo grande entre
la recolección y el consumo. Además, si estás en la UE tendrás mayores
garantías que el producto sea local, y por tanto con mayores restricciones al
uso de diferentes productos perjudiciales y un mayor control.
En
cualquier caso, vemos que el negocio es el negocio, y que cada vez es más
frecuente encontrar productos de fuera de temporada en los lineales de los
supermercados, lo que genera a las nuevas generaciones desinformación, al ya no
saber qué productos son o no de temporada, y por tanto, alejándonos de la
premisa de consumir productos de temporada y locales. Al final poner productos
que no son de temporada, se traduce en productos probablemente de fuera de la
UE, por tanto con controles menos estrictos, más contaminados, y que favorecen
a un aumento de la huella de carbono, pese a que probablemente sea más barata
su comercialización.
Si les ponemos unas condiciones de producción en materia de seguridad alimentaria a los productores de la UE, también deberían seguir esa misma seguridad el resto de productos que llegan a los lineales de las tiendas, no sólo por una igualdad de oportunidades entre productores locales y extracomunitarios, sino porque los consumidores precisamos saber que todos los productos que se nos ofrecen en un comercio tienen las mismas garantías. Si la clase política no es capaz de asegurar esas condiciones, sí que debería obligar a los comercios a identificar de forma clara e inequívoca, si un producto es ecológico o no, y si ha sido producido en el UE o no, pero no sólo en la etiqueta el producto, sino en sitios visibles de los lineales que se pudieran ver a simple vista. Ya que se ha de legislar para facilitar compras conscientes y no al revés, como nos tiene acostumbrado el sistema.
¿La contaminación alimentaria depende
de la clase social?
Si
has llegado con tu lectura hasta este punto, te habrás dado cuenta que existe
una gran relación entre contaminación alimentaria y clase social. Esta
conclusión se puede extraer de diferentes puntos de vista. Pero por poner un
ejemplo fácil de ver, podemos hablar de las tiendas especializadas en productos
ecológicos. Si nos focalizamos en Barcelona, los barrios donde más extendidas
están estas tiendas son los barrios de Eixample, Sarrià, Sant Gervasio y
Bonanova, que son barrios de mayor renta per cápita, sin embargo es difícil
encontrar este tipo de establecimientos en barrios como Ciutat Meridiana,
Raval, Trinitat Vella, El Carmel, … Esto nos muestra donde están los principales
consumidores de este tipo de productos (si hiciéramos el mismo estudio pero con
la restauración de comida rápida, los consumidores se invertirían, y
llegaríamos a la misma conclusión).
Siguiendo
el primer ejemplo, y teniendo en cuenta que muchas veces una de las barreras
que tienen las clases más populares al consumo de los productos ecológicos es
el económico, está claro, que quien tiene mayor capacidad económica está en
mejor disposición de acceder a este tipo de alimentación. Otra barrera es el
tiempo, que está muy relacionada con la barrera anterior. Si vives en un barrio
humilde, donde la renta per cápita no es muy elevada, lo normal es que no
tengas apenas establecimientos especializados en productos ecológicos, por lo
que te será más complicado encontrar productos de este tipo, más que alguno que
otro en algún supermercado, por lo que tendrás que dedicar mucho más tiempo en
poder comprar este tipo de alimentos, por lo que lo fácil, es que al final no los
consumas de manera habitual. Por tanto, a la barrera económica y a la barrera
de accesibilidad a comercios, también se suma la barrera del tiempo a dedicar a
encontrar los productos ecológicos.
Y
por último está la barrera, que ya mencionamos anteriormente, que es la barrera
de la información, que nos ha de servir para tener una visión crítica y
consciente de cómo debemos alimentarnos y cómo lo estamos haciendo, para tratar
de incidir en una mejora. Sin esta información, será muy difícil generar
cambios en nuestra dieta, que aunque el resto de barreras no nos permitan
llegar a consumir de forma habitual alimentos ecológicos, sí que podamos minimizar
los riesgos comprando productos de proximidad, temporada, no envasados, frescos
siempre que sea posible, consumiendo sólo de forma ocasional marisco y
crustáceos, comprando embutidos con una cantidad elevada de carne magra, etc. Y
por otro lado, evitando el agua embotellada en plástico para uso diario
favoreciendo sistemas domésticos de filtrado y osmosis. Sustituyendo poco a poco
los envases de plástico por envases de cristal, sartenes antiadherentes por otros
tipos de sartenes sin PFAS, y evitando calentar en el microondas la comida en
envases de plástico.
La información no nos libra de los tóxicos, pero sí de la ingenuidad. Y en un sistema que no nos protege, esa lucidez es nuestra última línea de defensa.
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