Qué se esconde en Occidente para no llamar Genocida a Israel
Recientemente, un informe independiente de la ONU ha concluido que lo que se está produciendo contra el pueblo palestino en la franja de Gaza es un Genocidio. En dicho informe señala que se cumplen 4 de los 5 actos por lo que se puede acusar de este hecho según la Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio de 1948:
- Matanza de miembros del grupo (más de 60.000 asesinatos de los que se calcula que más del 80% son civiles, siendo cerca de un tercio, niños)
- Causar lesiones graves físicas y mentales duraderas entre los supervivientes (además, se ha atacado de forma deliberada hospitales, escuelas y refugios, generando más sufrimiento y imposibilitando la ayuda médica)
- Someter deliberadamente a condiciones de vida destructivas (Se ha bloqueado la ayuda humanitaria, generando hambruna, y se ha destruido el tejido sanitario. Además, se han inutilizado la infraestructura civil de agua, electricidad, ...)
- Imponer medidas para impedir nacimientos (destrucción de servicios y estructuras médicas relacionadas con la reproducción, incluida la pérdida de embriones y material reproductivo almacenado, y medidas que impiden el acceso a atención obstétrica y reproductiva)
Occidente, intereses y doble rasero: cómo la seguridad
y la economía han protegido a Israel desde la posguerra
Desde el
final de la Segunda Guerra Mundial, la relación entre Israel y las potencias
occidentales no ha sido fruto únicamente de la afinidad política o cultural: ha
sido una decisión estratégica sostenida en intereses concretos. Comprender esa
trayectoria histórica ayuda a explicar por qué muchos gobiernos occidentales
actúan ahora con tanta cautela y por qué el reclamo por responsabilidades internacionales
choca con una pared de prioridades geopolíticas, de seguridad y económicas, que
enmudece la palabra genocidio.
De la Segunda Guerra Mundial a 1948: el escenario de
partida
Tras 1945
Europa estaba devastada, y las potencias occidentales buscaban recomponer un
orden global estable. El Mandato británico sobre Palestina, gestionado por el
Reino Unido desde el período entreguerras, se volvió inmanejable entre
crecientes tensiones árabe‑judías. La ONU propuso una partición en 1947 que los
líderes sionistas aceptaron, pero que la mayoría árabe rechazó. En 1948, al
declararse el Estado de Israel, Occidente —en particular Estados Unidos— vio en
aquel proyecto un aliado potencial en una región estratégica, y la comunidad
internacional empezó a tejer vínculos que iban mucho más allá de la mera simpatía
histórica.
Francia y los años 50–60: el primer gran padrino
militar
En las
décadas de 1950 y 1960, Francia fue el principal proveedor militar de Israel.
París suministró material pesado, asesoramiento técnico y colaboración
industrial que permitieron a Israel profesionalizar sus Fuerzas Armadas. La
cooperación militar francesa fue decisiva para que el naciente Estado pudiera
consolidar una capacidad operativa propia y recuperar ventaja frente a vecinos
más poblados y mejores equipados. Esa relación no era sólo transaccional:
encajaba en la estrategia francesa de contrapeso a las influencias árabes pro‑soviéticas
y de defensa de sus propios intereses en la región.
El giro estadounidense: de proveedor a garante
estratégico
La derrota
árabe de 1967 (guerra de los 6 días) y la crisis de 1973 (marcada por la Guerra de Yom Kipur y la Crisis del Petróleo) marcaron el momento en que Estados
Unidos entró con fuerza como socio principal. Tras la Guerra de Yom Kipur, Washington organizó un puente aéreo de apoyo y, en los años siguientes,
institucionalizó el respaldo político, económico y militar. Ese apoyo incluyó
ayuda financiera masiva, ventas de armamento avanzado, transferencia
tecnológica y cooperación en inteligencia y desarrollo militar. Con el tiempo,
se consolidó la política explícita de preservar la Qualitative Military Edge
(QME) de Israel: garantizar que, incluso si los vecinos acumulaban fuerzas,
Israel mantuviera superioridad tecnológica y operativa.
¿Por qué
este compromiso tan sostenido? Porque Israel ofrecía a Estados Unidos (y a
otros aliados occidentales) capacidades útiles: bases de conocimiento sobre la
región, redes de inteligencia, y una presencia disuasoria que Occidente
consideraba clave para contener influencias que veía como adversarias —desde el
expansionismo pro‑soviético durante la Guerra Fría hasta el papel de Irán y sus
proxies en décadas más recientes.
Interdependencia militar y tecnológica: la madeja que
dificulta castigos
La
cooperación no se limitó a vender armas puntuales. Incluyó formación conjunta,
mantenimiento de equipos, proyectos de I+D (especialmente en electrónica
militar, satélites, y ciberseguridad) y contratos industriales que beneficiaron
a empresas en Francia, Estados Unidos y otros países europeos. Esos lazos
crearon una red de intereses: fábricas, empleos, contratos públicos y relaciones
de lobby que hacen políticamente costosa cualquier ruptura abrupta. Además, la
cooperación en inteligencia y antiterrorismo generó dependencia operativa:
cortar esos canales puede dejar a los países occidentales más expuestos frente
a amenazas que perciben como reales.
La política actual a la luz de la historia
Saber que la
alianza se forjó deliberadamente ayuda a entender la respuesta contemporánea:
cuando emergen denuncias de violaciones graves o incluso de crímenes de guerra,
las democracias occidentales no actúan en el vacío. Evaluaciones jurídicas,
intereses estratégicos acumulados, presiones industriales y cálculos
electorales configuran un freno potente. Llamar a investigar o imponer
sanciones es fácil; hacerlo de forma que afecte de verdad la relación
estratégica —y con ello la disponibilidad de inteligencia, las cadenas de
suministro militar y la posición geopolítica en la región— exige voluntad
política para asumir costes claros.
La narrativa y la coartada jurídica
A ese
entramado se suma una estrategia discursiva que gana tiempo: hablar de
“investigaciones independientes”, de “medidas limitadas” o distinguir entre
crímenes de guerra y genocidio. Es una técnica efectiva: durante años mantiene
la presión pública mitigada mientras se preservan los canales de cooperación.
La exigencia legal para probar genocidio (intención de destruir a un grupo como
tal) es alta; esa exigencia técnica se transforma en una coartada política que
justifica la inacción o respuestas moderadas.
Señalar sin justificar: por qué importa evidenciar la
prioridad de intereses
No se trata
de justificar a nadie. Mostrar que Occidente prioriza intereses geopolíticos y
económicos por encima de derechos humanos no es un descargo: es una forma de
exigir responsabilidad. La historia demuestra que esas prioridades son
decisiones políticas conscientes y estructurales, no inevitabilidades
neutrales. En democracias, podríamos suponer que esa elección debería someterse
al escrutinio público: si los gobiernos eligen proteger palancas estratégicas o defender derechos humanos elementales. Pero si miramos más allá, no
debería ser necesaria ninguna votación, pues ese compromiso con los derechos
más fundamentales, los países constituyentes de naciones unidas, ya lo adoptaron en la Declaración Universal de los Derechos
Humanos (DUDH) de 1948.
PREGUNTAS QUE ARDEN
En los últimos días algunos países están dando el paso de reconocer el estado palestino. ¿Es una decisión suficiente y efectiva?
El reconocimiento bilateral del Estado de Palestina por parte de países de Occidente es un gesto diplomático que refuerza la legitimidad política de Palestina en la escena internacional, pero deberíamos preguntarnos si, por sí solo, resuelve la situación.
Por muchos reconocimientos de estado que se produzcan, hay un gran ausente que es Estados Unidos, que por la enorme influencia que tiene sobre Israel, y sobre el resto de Occidente, probablemente nos responde la pregunta.
La política americana en los últimos tiempos es extremadamente convulsa. Donald Trump se comprometió en las últimas elecciones a detener el conflicto rápidamente si ganaba las elecciones, pero esa promesa se ha desvanecido. Y aunque realmente sea el único que pueda llegar a hacerlo, su comportamiento ahora mismo parece alejarse de ese objetivo. Parece más fijado en mantener las relaciones tal y como están con Israel, y obtener un rédito económico de la situación al finalizar el conflicto, como en algunas declaraciones ha dejado entrever.
¿Sirve de algo la Declaración de Derechos Humanos, si luego los países, cuando no les interesa, la esquivan?
No podemos cargarnos la DUDH e indicar que no sirve para nada, pero sin duda el hecho que no sea vinculante, y que no genere sanciones directas, hace que quede expuesta a la voluntad de los países, y como podemos observar, las voluntades van y vienen según los intereses. Quizás nos deberíamos preguntar, si los seres humanos estamos lo suficientemente preparados para cumplir lo más elemental por encima de todo lo demás. La situación de poder de los actores nos demuestra que es muy complicado.
¿Debemos resignarnos a ver cada día los miles de asesinatos que se producen en Gaza con total impunidad? ¿Alguien puede hacer algo efectivo para pararlo?
Como hemos visto, quien puede no hace. Cambiar esa posición de que quien pueda haga, sólo está en manos de los ciudadanos.
La presión social es, probablemente, la única herramienta real que la ciudadanía tiene ahora mismo para forzar cambios y la vía más directa y urgente disponible. Como podemos ver, se están produciendo:
Grandes manifestaciones en muchas ciudades del mundo.
Personalidades públicas —actores, músicos, deportistas y periodistas— usan su altavoz en festivales, entrega de premios y ruedas de prensa para pedir el fin del genocidio.
Se han cancelado o cuestionado eventos deportivos y culturales por la presencia israelí, como la suspensión de una etapa de la Vuelta a España y el debate sobre la participación de Israel en Eurovisión.
Grupos civiles han iniciado acciones directas, como la Global Sumud Flotilla para intentar abrir un corredor humanitario hacia Gaza.
Una gran parte de la prensa sigue su labor de mostrar al mundo lo más terrible del conflicto, con mucha dificultad, pues este conflicto, también ha sido el conflicto donde más periodistas se han asesinado desde que se disponen registros. Y una gran parte de la sociedad también le da eco en las redes sociales.
Estas movilizaciones aún no han detenido la ofensiva, pero han forzado cambios de rumbo en gobiernos que hasta hace poco apenas se pronunciaban. Ese giro es insuficiente, pero demuestra que la presión social puede alterar el equilibrio político y aumentar la responsabilidad pública.
Seguir en la vía de la presión social puede que sea el camino más rápido, ya que como antes mostraba, las medidas cautelares que impuso la Corte Internacional de Justicia no se han cumplido, y resolverse vía judicial este caso por Genocidio, aunque sea fragante a ojos de la humanidad, puede tardar años, por lo que no podemos considerar la vía judicial como una solución a corto o medio plazo.
La pregunta más importante, llegados a este punto, es: ¿Tenemos tiempo para parar el Genocidio?
La escalada de violencia, hambruna y muertes cada día es más importante. El bloqueo a la ayuda humanitaria prosigue. Y entre tanto, Israel va ganando tiempo para cometer sus crímenes de guerra y exterminar el territorio y la población.
¿Llegará en algún momento una respuesta contundente, o esto se parará cuando no quede nada (sólo un campo de refugiados) o cuando decida Israel por su propia voluntad?
Da la sensación que la destrucción va más rápido que la reacción de occidente, y ante esta situación es difícil ser optimista, pero hoy por hoy, como podríamos llegar a concluir en la anterior pregunta, continuar con la presión social puede ser la baza más rápida para presionar al entorno político para que ejerza una actuación más contundente.
Quizás lo que choque más de todo este conflicto al final, es descubrir que las personas podemos ser lo mejor, pero en ocasiones también lo peor, y como una misma sociedad puede pasar de oprimida a opresora. Los judíos de ser perseguidos en la segunda guerra mundial a ser opresores en la actualidad.
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